
Benjamín era hijo de viuda temprana.
Su madre doña Brígida a la que él consideró, hasta que hizo la primera comunión, onomásticamente como doña Frígida a tenor de lo que le oía decir a su padre a través del delgado tabique que separaba su dormitorio del lecho conyugal, enviudó a los cuarenta años.Lo de frígida lo oía una y otra vez, cuando era pequeñín, de boca de Don Honorio militar del que hasta pasado muchos años no supo de su rango. Enteróse, ya huérfano, que era patatero y en puridad Brigada del muy ilustre cuerpo de Ingenieros del Ejército. Él, no obstante y de ahí el equívoco infantil y social, ponía en sus tarjetas de visita: Honorio Benavides Prieto y debajo “Ingeniero”, así como quien no quiere la cosa.
Benjamín, hijo único quizás por la conjunción astral de la frigidez de su madre y la prematura muerte del padre, se crió solo y feliz en un viejo, pero bien montado, piso de la calle Huertas en pleno barrio viejo de Madrid. Esto hizo del niño un urbanita al que el oxígeno del campo le producía crisis bronquiales.
Realizó sus estudios con las madres clementinas tan buenas y dulces como las naranjas a las que prestaron nombre y que a la sazón tenían convento y colegio a dos manzanas de la casa de Benjamín.
Terminado sus estudios de primaria, coincidente con el óbito sorpresivo del progenitor, se produjo una desestabilizada situación económica que obligó a reducir el personal doméstico y eliminar la tata que llevaba todos los días al pequeño Benjamín a su colegio de monjitas.
En esta desgracia súbita, apareció el, según dicen los optimistas, antagónico golpe de suerte consistente en que las monjitas fuesen autorizadas para ampliar los estudios de primaria hasta el grado superior con lo que el huerfanito, para gozo y comodidad de la aún joven viuda, pudo seguir sus estudios en su cercano y querido colegio de siempre. Estudios que concluyó con el, entonces llamado, curso Preuniversitario
Ni la exigua pensión que Don Honorio, hombre huevón de naturaleza, ni los recursos o habilidades laborales de la madre daban para plantearse estudios universitarios que en el futuro le produjesen, como a todos, una permanente cesantía al ser la Universidad una fábrica de parados desde los tiempos de Fray Luis de León.
No obstante Doña Brígida nunca pudo quitarse de encima el complejo de culpabilidad que acompaña a todos, aun menesterosos vitalicios, los que mueren sin poder colgar un título universitario de la pared.
Un amigo de la familia habló con el Director de un banco que le propuso a Benjamín presentarse a unas sencillas pruebas para acceder a empleado de banca, profesión tan poco ambiciosa como segura y latentemente próspera.
De esta forma a la fecha en que acontecieron los hechos que vamos a relatar nuestro protagonista contaba con la bonita edad de 50 años y su querida madre la de 83.
Benyi, como le llamaba cariñosamente su progenitora, no tenía más vida social que la que le proporcionaba las salidas dominicales para asistir a misa con su madre y un posterior paseo, ya solo, a la Plaza Mayor para comprar, vender o cambiar sellos que era su única e intensa pasión.
En el banco sus compañeros, “malalecheros” como es habitual con personas de este tipo, le decían:
-¿Cómo van tus amigos los siflíticos?
El caso es que un día Benjamín, tras un imprevisto e inoportuno estornudo, que mandó al carajo un sinfín de sellos por clasificar, tras sonarse la nariz siguió estornudando.
Se pasó tres días de baja aquejado según Don Servando, el médico de siempre ya jubilado, de una gripe estacional a la que recetó, todo por teléfono, unos antitérmicos, mucho reposo y nada de calle. Tratamiento que no le vino mal al bueno de Benjamín por su aversión a la calle.
Ya levantado y dispuesto a ducharse por primera vez en tres días, algo que lejos de traumatizarlo le gustaba, al mirarse al espejo notó unas manchitas rojas a modo de prematuro sarampión que le alarmaron.
-Mamá, llamó alarmado sin que tuviese que repetir, ya que doña Brígida acudió, como era su costumbre, de inmediato
-Santa María del Sacrificio, ¿Qué es esto?
Como madre e hijo no tenían ningún tipo de pudor en mostrar ciertas intimidades ya que doña Brígida estuvo bañando a su hijo hasta que este alcanzó la pubertad y en lógica correspondencia el vástago inspeccionaba a solicitud algún granito que la madre no alcanzase a verse cerca del coxis, Benjamín mostróle los muslos, pantorrillas nalgas y espalda que a la sazón lucían pintadas de pequeños granitos rojos.
Don Servando muy a su pesar, ya que Doña Brígida negase rotundamente que su Benyi pisase la calle, fue a visitarle al día siguiente. Tras las consabidas preguntas sobre los últimos alimentos ingeridos, la aseveración de haber pasado el sarampión y diversas posibilidades de una toxiinfección, el médico remitióse a recetar un antihistamínico que aplacó por unos días ronchas y picores.
Terminado el tratamiento de nuevo aparecieron en la alba y delicada piel de Benjamín los molestos, antiestéticos y picantes eritemas. Ya doña Brígida dejó de lado al galeno familiar y recurrió a sus amistades para que le recomendasen otro médico de más garantía,. El dinero no importaba:
-Hasta aquí podríamos llegar. Lo importante es mi Benyi
Don Casimiro, afamado dermatólogo de la capital, al que sus enemigos lo tildaban, jugando con su nombre, de que tenía:
-Una vista especial para el diagnóstico. “Casi mira” y ya sabe lo que tiene el enfermo
visitó al paciente y, como todo galeno que se precie, para justificar sus honorarios, incluida la ya extinta visita particular a domicilio, que no constaría, ¡por Dios!, en la minuta, dijo que evidentemente se trataba de una dermatosis no de contacto, ni tóxica, ni virásica y que lo prescrito por su compañero don Servando era muy correcto:
-No obstante, quizás y sin quitar ni un ápice a su evidente acierto, lo que le recetó está un tanto obsoleto
Recomendó por tanto dos medicamentos orales, un inyectable de una sola dosis y un régimen de alimentación muy limitado y riguroso
-Hay que limitar las lipoproteínas y algunos glúcidos que puedan inferir la existencia de una mala absorción intestinal, como ustedes comprenderán
-¡Que bien se explica usted, Don Casimiro!
Doña Brígida y Benjamín, aun no habiendo entendido ni papa, asintieron sin saber que esta terminología críptica elevan dos parámetros en la clase médica: su estima y sus honorarios.
La mejoría de Benjamín fue rápida y espectacular. El inyectable, un corticoide de efecto inmediato, obró el milagro en horas y el ya más largo tratamiento hizo que las manchitas y los picores desaparecieran. Otra cosa era el aspecto del puretón de Benjamín.
Su cara era una zanahoria despigmentada e invertida de tal forma que los pelos sin lavar eran las hojas deshilachadas y chuchurridas del tal tubérculo.
Doña Brígida había tomado, ¡buena era ella para su Benyi!, al pie de la letra el plan de comidas de Don Casimiro y así todo se reducía a sopas y purés de legumbres enriquecidos con alguna pechuga de pollo.
Si a este régimen dietético se le unía el que Benjamín llevase sin salir a la calle, entre pitos y flautas, cerca de un mes el que aun se le pudiese mirar sin soltar un alarido era un milagro.
Él, no obstante, se encontraba feliz con sus sellos, su música de cámara y algún que otro programa de televisión de los que hablaban de fenómenos paranormales. Sus compañeros del banco le decían a pleno grito y cachondeo:
-A ver cuando te pasas de Iker Jiménez a Iker Casillas que, además, tiene una novia que está para mojar un suizo
Pero si gozoso fue el pensar incorporarse ya al trabajo, cosa no especialmente gustosa pero que entrañaba su curación, mayor fue la caída la mañana en que, de nuevo, se encontró ante el espejo plagado de pustulitas rosáceas.
-¡Mamaaaaá…
Ya doña Brígida se dejó, según ella, de pamemas y llamando a una ambulancia, que pagó de su bolsillo, llevó al hijo de sus entrañas a la Clínica Ruber.
Benjamín, en su bien acondicionada habitación particular, fue visitado por todo médico especialista de prestigio que fuese recomendado por el anterior que lo visitase, hasta completar cinco.
Vista la insistencia de la progenitora, su evidente e hipocondríaca preocupación y el no menos aspecto alarmante del enfermo, no tanto por las manchas sino por su nueva y aumentada palidez esquelética, las primeras recomendaciones fueron radiografías, ecografías, tomografías axiales computerizadas, amén de analíticas diversas en las que se incluyó la correspondiente a las respuestas a alérgenos diversos.
Todas las pruebas que, a pesar del carácter de “urgencia” con que se les calificaron, tardaron su tiempo; dieron resultados negativos con el correspondiente desconsuelo y desconcierto de madre e hijo que en este caso sumióse en una actitud pasiva ante la ingestión de alimentos, con lo que su aspecto de acelga moteada iba cada vez más preocupando a la desconcertada clase médica y un pavor desmedido a las enfermeras.
Cierto día vino un especialista acompañado de un médico muy mayor, antiguo ejerciente en la clínica, que sugirió la posibilidad, ante la frase que alguien pronunció sobre la fiebre del heno, de que Benjamín sufriese un síndrome parecido a un caso que él tuvo hacía ya mucho tiempo.
Tras preguntar si se le había hecho la prueba alergénica a animales domésticos y polvo de la casa y contestado afirmativamente, sugirió la posibilidad, recordado su anterior y lejano caso, a que fuese una reacción anafiláctica a la crin de caballo.
-¡Jesús, María y José!. Si mi hijo no se ha acercado a un caballo desde que lo traje al mundo.
La reacción, desmedida y compartida por el enfermo e incluso por el médico que lo había presentado, no amilanó al provecto doctor que dejó en el aire la duda:
-No es necesario que el enfermo haya tenido contacto físico con el animal. El caso es que haya tenido cercanía a estos équidos…una cuadra, una cochera de caballos de punto. ¡Investiguen y mucho gusto!
Doña Brígida, una vez a solas con su Benyi, llevóse el dedo a la sien en claro gesto acusativo de chifladura del viejo médico. Postura que confirmó su hijo al que el contacto con los animales le desagradaba bastante y muy especialmente aquellos de tamaño suficientemente grande que pudiesen dañar su poco deportivo cuerpo.
Como los días pasaban y la dolencia seguía pertinaz con la progresiva consecuencia del deterioro físico y psiquico de Benjamín, Doña Brígida hizo venir al médico que les había presentado al anciano galeno.
-¿Usted cree en lo que dijo su amigo sobre los caballos?
-No sabría decirle señora, pero si usted asegura que su hijo sólo ha visto un caballo en el cine, habrá que desestimar la sugerencia de Don Federico
-Mire yo, a estas alturas no desestimo nada con decirle que estoy por coger la puerta e irme a Fátima se lo digo todo.
Al día siguiente, cuando Doña Brígida estaba ante el tocador de su casa a la que había ido a asearse convenientemente y recoger unas cosas, recapacitó sobre el diagnóstico de Don Federico y comenzó a darle vueltas al cerebro en la vana intención de buscar la posible cercanía de cualquier equino a la persona de su Benyi.
En estas estaba la doña, cuando oyó lo que le pareció una ensoñación: el ruido inconfundible de unos cascos sobre el asfalto. Se asomó al balcón y observó estupefacta una reata de poneys tirados de un hombre de aspecto agitanado.
Por mucho que corrió no logró dar caza ni al gitano ni a los corceles. No se arredró y preguntó por el barrio a diestro y siniestro hasta dar con la respuesta.
Casi detrás de su casa, según le contó el dueño de un bar, que ella, por supuesto no frecuentaba, había una cochera antigua que unos titiriteros tenía alquilada desde hace un año para utilizarla como cuadra de estos caballitos que llevaban a las ferias y parques para hacer con ellos un carrusel en el que los niños disfrutaban.
Doña Brígida dióle la noticia a su Benjamín, que no pareció reanimarse con la misma. Al día siguiente su madre acudió rauda hacia el barrio con la intención de hablar con el dueño de los animales. Fue hacia la cochera abandonada muy temprano. Llamó sin resultado, aún insistiendo y pegando la oreja a la chapa a pesar de las miradas incrédulas y extrañadas de los paseantes. Parecióle oír algún relincho breve lo que le hizo pensar que el dueño debería andar por el barrio.
Su intención de acudir al bar, donde había recibido la noticia, dio un fruto inmediato porque allí, precisamente, se encontraba el calé repantigado en la silla de un velador ante un vaso reseco que debería haber contenido un café tempranero y un vasito de culo gordo mediado de un líquido incoloro que por su olor, a todas luces, correspondía a un aguardiente seco.
La conversación con Cayetano, tal era el nombre del gitano, no pudo ser más tensa y negativa. Si la pretensión de Doña Brígida para que se llevase a los equinos de su barrio le pareció al calé peregrina, mucho más lo fue cuando a su requerimiento la doña le explicó las extrañas razones para tal propuesta.
Doña Brígida salio del local descompuesta, pálida y temblorosa pero tan sólo la imagen de un Benjamín curado de su enfermedad y haciendo su vida normal le dio fuerza para volver a casa y llamar a Práxedes su abogado y amigo de toda la vida.
El inusual pleito, entre ambas partes, no duró mucho porque, en habiendo dinero, los problemas se resuelven con rapidez. Don Práxedes no se anduvo con chiquitas y, autorizado por Doña Brígida, abrió un talonario de cheques ante la mirada entre extrañada y ansiosa de Cayetano y asunto concluido.
La entrada de Benjamín en su casa, para quien no supiese la buena nueva, fue semejante al del enfermo terminal al que retornan para que muera en su hogar. Ambulancia, camilla y mascarilla de oxígeno conformaban la escena que vecinos y viandantes observaron sin que doña Brígida, como era habitual en ella, diese tres cuartos al pregonero.
Fueron los días transcurriendo y la mejoría de Benjamín se hizo notable. Volviéronle las ganas de vivir, de comer, aun parvamente, e incluso, esto fue lo definitivo para doña Brigida, pedir los álbumes de sellos, la lupa y las pinzas.
A los dos meses ya Benjamín tenía su aspecto habitual y se incorporó al trabajo en dónde las bromas, ya pasado la lógica preocupación y enterados de la verdadera causa, adquirieron mayor virulencia ante la persistente indiferencia del aludido:
-¿Dónde has aparcado hoy el caballo?
-Adiós Burt Lancaster
Benjamín iba a lo suyo y de nuevo su grisácea vida tomaba visos de eternizarse. Una noche se despertó, inusualmente, sudoroso y alterado. Él, que nunca soñaba o al menos si lo hacía no recordaba nada, en esta ocasión lo había hecho.
El sueño había consistido en una persecución a caballo. Sentado en un taburete de la cocina, adonde acudió para hacerse una tila, aún le parecía sentir el traqueteo del galope siguiendo, como en una cacería del zorro, a una bella damisela cuyo corcel se había desbocado. Se bebió la infusión, volvió a la cama y, ante su estupor. no volvió a dormirse de nuevo.
Al día siguiente su cansancio fue más psíquico que físico. Su trabajo, desde que se incorporó, era especialmente pasivo, nada de cara al público. Tan sólo confirmar los datos que aportaban los peticionarios de créditos o hipotecas. Labor que le permitía abstraerse, cosa rara en él, sobre el tema que quisiera; casi siempre la filatelia o los regalos onomásticos de su madre.
Esta mañana fue especial. Se le fue toda en pensar en el alocado galope tras la bella princesa. El timbre que señalaba la hora del finiquito laboral lo sacó de la ensoñación. Pero sólo por un instante.
A partir de este momento Benjamín empezó a desganarse ante la nueva y aturdida preocupación de su madre. Perdía progresivamente el apetito. Hubo días en que fue sin afeitar al trabajo y, aun cuando lo hacía, la desgana reinaba en una tarea tan gustosa, como habitual, para él.
Todo era debido aunque no se lo dijera a nadie a una obsesión que se le había metido entre ceja y ceja:
-¿Qué te he hecho yo, Dios mío, para que no pueda montar a caballo y ni siquiera acercarme a tan brioso animal?
De nuevo la melancolía, la astenia y el desencanto mermaron su físico hasta el punto de tener que llamar otra vez al médico. Este le recetó vitaminas y unos sobres con aminoácidos que sustituyeran la falta de nutrientes de su organismo.
Ni por esas. La situación de Benjamín iba de mal en peor hasta que una noche, que su madre lo oyó sollozar en su cama y sin llamar entró, el vástago le confesó su angustia.
-¿Qué me vaya a morir sin poder montar, aunque sea una sola vez a caballo, en mi vida?. Si es así…¡Señor mátame ya!
-No digas eso cielín mío
Y madre e hijo se envolvieron en un abrazo que visto a ojo de mosca enternecía al corazón más duro.
Doña Brígida tenía redaños suficientes para trasplantárselos a dos matones y no se dio por vencida, más aún cuando oía permanentemente los sollozos de Benjamín salpicados de tan sólo una frase lastimera:
-¡Un caballo, por Dios, un caballo…!
Se acordó de Nicanor el recién jubilado portero que había sido en su juventud monosabio de la Plaza de Toros de Las Ventas y se le encendió la bombilla, artefacto que entra en ignición en nuestra mente en casos de extremo agobio.
Habló con él y le expuso, aún pensando en lo ridículo del tema, la dolencia de su Benyi.
Todo quedó resuelto en un “plis plas” y diez mil pesetas. Aun siendo mes de Enero un taxi que portaba el casi cadáver de Benjamín y su madre corría cual si de San Isidro de tratara hacia la puerta de cuadrillas de Las Ventas.
Abierta la pequeña puerta, los recibió Nicanor acompañado por Emeterio el encargado de las cuadras de la plaza. Cogido Benjamín por debajo de las axilas entre los dos hombrones y seguido de su madre se dirigieron, en un patético paseillo, hacia el redondel de la plaza donde los esperaba un encanijado jamelgo, desecho de tientas y picas, único caballo que a estas fechas podía haber apañado Emeterio.
Ente los dos, Nicanor y Emeterio, subieron con dificultad, no por el peso sino por la tembladera, el frágil y ceniciento cuerpo de Benjamín. De esta guisa y cogida las bridas por Emeterio, diéronle una vuelta al ruedo a caballo y caballero.
Cuando de nuevo llegaron a la altura de Doña Brígida la cara de Benjamín era otra. Una risa llorosa y nerviosa inundaba su cara. Lo descabalgaron, se abrazó a su madre y ambos, entre lágrimas, se dirigieron a la puerta mientras Benjamín alborozado susurraba:
-Mi caballo. Por fin, mi caballo….
Fueron felices muchos años.

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